En medio de la acera Manuel se ha detenido bruscamente. No llueve. Por supuesto, estamos en verano, y el frío ahora es otro. Son los vientos, no las aguas. Es eso. Un frío más difícil de nombrar, más difícil de combatir. Que no hace falta dirá alguno, nombrar para combatir, pero vos y yo sabemos –piensa Manuel- que para romperme la camisa y lanzarme contra este frío te necesito nombrada. En medio de acera gris Manuel se ha detenido, asombrado de pronto por los carros, la gente, las motos. No es que le parezca extraño realmente nada de lo que empapa su vista –aunque no llueva-, es solo que de pronto quisiera todo más lento. Quisiera –piensa- todo más lento. Tus ojos, tu pelo, tu sonrisa y ese suspiro, más lentos. Tus manos con las mías las quisiera tan lentas. Volviendo a caminar, pero lento todavía. Esta ciudad es de mentira pensó alguno, tiempo atrás, y tiene que serlo -piensa ahora Manuel, pero no igual. Para Manuel la mentira es otra. La mentira es que hoy saldrá la luna y vos –piensa absorto- desearás estar conmigo sin saberlo, desearás mis manos con las tuyas lentamente, y dirás que te resulta extraño este frío sin que llueva. Esta ciudad es de mentira, piensa de nuevo detenido en mitad de la acera con semáforos en verde para quién sepa a dónde va y azul violeta para los que como Manuel, detenidos ahí, al margen de los carros, piensan que hará luna, la luna toda con su cara de siempre, y vos sentirás que tal vez, pero en todo caso ya es tarde y no va a llover.
Estarse quieto. Con los brazos así tan tristes. Estarse solo al borde de la acera mirando carros. No es que los carros necesariamente le digan algo, es solo que a falta de lluvia nos quedan los carros, desde fuera, y eso es lo más difícil. Desde fuera de dónde –se aventura Manuel- fuera de la lluvia, de la casa, de vos. Desde fuera donde todo es luz y nunca tacto. Todo es sonido sin mano para asir. Desde fuera contempla Manuel lo seguro que resulta estarse en la mitad de la acera pensando que hoy saldrá la luna. Pero vendrá la noche, y Manuel descubrirá, otra vez, que bailar con ella no es silbar y llegar al puerto. Y frente al espejo de oro de la luna Manuel no tendrá más remedio que preguntarse.
Volviendo a caminar, un poco más rápido. Con el frío del viento secando los labios, las sombras, los techos. Cuando llueve –piensa Manuel- al menos sabemos que viene de arriba, siempre. Este viento en cambio uno no sabe. Y dura más que la lluvia por que no recuerda uno nunca cuando comienza, si lleva algún tiempo esperando allí –el viento-, o si alza de pronto sus alas, tan frías. No sabe uno –divaga Manuel- una vez más detenido. Las calles, los carros, el insoportable ruido a la seis de la tarde. Las insoportables rosas en el florero de Sabines. Las insoportables preguntas al final del día cuando Manuel espera que salga la luna, con su cara de siempre.
Luis Briceño.