20 nov 2010

De las aceras y la luna

"Y si lograra encontrar las palabras, los gestos, las sonrisas que necesitás esta noche de luna llena, cuando la ciudad enormemente vacía araña mi pecho."

En medio de la acera Manuel se ha detenido bruscamente. No llueve. Por supuesto, estamos en verano, y el frío ahora es otro. Son los vientos, no las aguas. Es eso. Un frío más difícil de nombrar, más difícil de combatir. Que no hace falta dirá alguno, nombrar para combatir, pero vos y yo sabemos –piensa Manuel- que para romperme la camisa y lanzarme contra este frío te necesito nombrada. En medio de acera gris Manuel se ha detenido, asombrado de pronto por los carros, la gente, las motos. No es que le parezca extraño realmente nada de lo que empapa su vista –aunque no llueva-, es solo que de pronto quisiera todo más lento. Quisiera –piensa- todo más lento. Tus ojos, tu pelo, tu sonrisa y ese suspiro, más lentos. Tus manos con las mías las quisiera tan lentas. Volviendo a caminar, pero lento todavía. Esta ciudad es de mentira pensó alguno, tiempo atrás, y tiene que serlo -piensa ahora Manuel, pero no igual. Para Manuel la mentira es otra. La mentira es que hoy saldrá la luna y vos –piensa absorto- desearás estar conmigo sin saberlo, desearás mis manos con las tuyas lentamente, y dirás que te resulta extraño este frío sin que llueva. Esta ciudad es de mentira, piensa de nuevo detenido en mitad de la acera con semáforos en verde para quién sepa a dónde va y azul violeta para los que como Manuel, detenidos ahí, al margen de los carros, piensan que hará luna, la luna toda con su cara de siempre, y vos sentirás que tal vez, pero en todo caso ya es tarde y no va a llover.

Estarse quieto. Con los brazos así tan tristes. Estarse solo al borde de la acera mirando carros. No es que los carros necesariamente le digan algo, es solo que a falta de lluvia nos quedan los carros, desde fuera, y eso es lo más difícil. Desde fuera de dónde –se aventura Manuel- fuera de la lluvia, de la casa, de vos. Desde fuera donde todo es luz y nunca tacto. Todo es sonido sin mano para asir. Desde fuera contempla Manuel lo seguro que resulta estarse en la mitad de la acera pensando que hoy saldrá la luna. Pero vendrá la noche, y Manuel descubrirá, otra vez, que bailar con ella no es silbar y llegar al puerto. Y frente al espejo de oro de la luna Manuel no tendrá más remedio que preguntarse.

Volviendo a caminar, un poco más rápido. Con el frío del viento secando los labios, las sombras, los techos. Cuando llueve –piensa Manuel- al menos sabemos que viene de arriba, siempre. Este viento en cambio uno no sabe. Y dura más que la lluvia por que no recuerda uno nunca cuando comienza, si lleva algún tiempo esperando allí –el viento-, o si alza de pronto sus alas, tan frías. No sabe uno –divaga Manuel- una vez más detenido. Las calles, los carros, el insoportable ruido a la seis de la tarde. Las insoportables rosas en el florero de Sabines. Las insoportables preguntas al final del día cuando Manuel espera que salga la luna, con su cara de siempre.

Luis Briceño.

15 jul 2009

Del silencio y de la lluvia.

Pero si ella supiera lo que a él le dice este aguacero que parece querer despedazar el techo. Si ella supiera con qué infantil devoción se queda mirando las gotas que del alero del corredor caen como diminutos paracaidistas. Si en medio de tan fuerte invierno se encontraran los dos jugando a taparse los oídos bajo el cinc, y luego no, y luego sí, y luego no…

Manuel piensa que tal vez los sueños no sean sino oscuras salas, con el interruptor en la pared del fondo, y uno está de pie frente la puerta, quieto, mirando hacia a esa oscuridad que parece tragarlo todo. Y se queda ahí.

Sofía en cambio, ha decidido que los sueños son como la espuma que se hace en la lavadora, y que de niña se quedaba mirándola girar, como si aquello fuera la bailarina de una cajita de música, pero que al tratar de tocarla se desfiguraba, se deshacía en sus dedos.

Y los dos mirando el aguacero desde el corredor. El silencio de las tardes de invierno es en definitiva mucho más liviano que en el verano, pero siempre hay algo de amargo en tenerse al lado y no mirarse.

Estos dos saben de silencio. Y de los silencios. Que no es lo mismo callar al acostarse que negarse las palabras en la mesa, o en el corredor, cuando llueve y ella no sabe lo que para él dice la lluvia.

Desde la calle cuando llueve la casa se mira serena. Estando una vez bajo un aguacero, parado en medio de la correntada que le mojaba los pies descalzos, Manuel descubrió no sólo la increíble paz que desde afuera, cuando llueve le inspira mirar hacia el corredor, sino también que desde la lluvia, cualquier sitio donde guarecerse se mira como el lugar aquel, al que todos queremos llegar. Pero no quería entrar. Quería quedarse allí con la sola convicción de que adentro todo está mejor, quedarse allí con el agua bajándole por el pecho sin querer saber si de verdad era cierto lo que le decía Sofía que metete viejo que te vas a morir de pulmonía o algo, y continuar mirando desde fuera del corredor lo tranquilo que se pinta estar guarecido cuando llueve.

Pero un día Sofía sencillamente no podrá más. Se levantará de la mecedora como yendo hacia el portón, se detendrá –todavía quizá vacile un momento- y se volverá hacia él. Clavará en esa mirada absorta sus ojos húmedos y ansiosos –todavía quizá le tiemble la voz y los labios se le crispen un instante- retorciéndose las manos. Se parará justo enfrente de Manuel, interrumpiendo esta línea que se hila entre el aguacero y su memoria cada tarde de este temporal de la puta que lo parió, por qué carajo no deja de llover, por qué no me mirás, por qué no me hablás, y por qué te quiero tanto desgraciado, veme por un dios que estoy aquí enfrente tuyo y mis lágrimas son más que este aguacero.

A Manuel le bastaron las últimas siete palabras que salieron de Sofía. Era todo lo que necesitaba. Que lo sabía sí, pero como sucede a menudo nada es cierto hasta que la boca de quien te ama lo nombra. Se levantó de la mecedora y salió del corredor hacia la lluvia, y caminó.

Luis Briceño.

30 dic 2008

Final.

Una amenaza suspendida en el aire. Un sutil respiro sostenido entre la blusa y la espalda. El rumor quieto de las estrellas muertas hace tiempo, allá, en el cielo. Las voces que se huyen a sus gargantas. Los delicados pulsos del viento, las casi imperceptibles vibraciones. Por un momento aquél montón de dudas le pareció la ternura materializada, era ese extraño sentimiento de agonía y angustia que le provocan los atardeceres vuelto en una paz sencilla, sin alarde ni pena, sin miedo ni nostalgia. Entre las paredes claras, sólo sus ojos, y los suyos. De alguna manera, por alguna casualidad tácita, el viento que se cuela por esa ventana entreabierta trae el aroma de un sitio que creía enterrado hace tiempo, el aroma de los días de ver las gotas de lluvia cayendo de los techos en una silampa. “No hay más que esto –para sí- , lo que somos en lo que sentimos, el mundo en los recuerdos”.

Salió de la casa despacio, tomando suavemente el picaporte y halándolo, cerrando nuevamente la puerta, caminando con lentitud hacia el portón, girando tímidamente la llave del candado, sin el menor ruido. Aunque sin reparar en todo ello. La ciudad duerme luego del aguacero. Le son familiares los reflejos de las farolas en los charcos, la neblina, el color cobarde de las nubes que a las cinco y treinta no saben sin van o vienen, cuando el día no es más y la noche no despierta todavía. Camina sin rumbo por entre los caminos de asfalto mojado -“ese olor estéril al que nunca me acostumbraré”. No es que la tarde fuese hoy diferente, ni que las luces se encendieran antes o los carros acordaran detenerse unos minutos, es que esa sensación de hace poco, ese olor que volvió a sus recuerdo tras el soplo del viento a través de las celosías de la casa le ha sumido en una especie de letargo, en un silencio inmaculado. Sabe que a sus espaldas queda quizá un error, quizá un triunfo, pero en definitiva, un muerto.

Sus pasos la llevan al fin al puerto. Sentada en el abatido muelle contempla silente el sueño desmedido de las olas, la ambición egoísta de la arena, los tenebrosos pájaros del luto de todos los días. Poco a poco, en su garganta, comienzan a amotinarse las angustias. Ha perdido el silencio en que se sumergiera minutos antes, y comienzan la tristeza, feroz, hambrienta de amor frío, a desatar las pequeñas muertes que se escurren por sus ojos. Todos sus días, todas sus derrotas han estado allí esperando. Han estado observando callados como aquella figura imponente los asumía con la tozudez de un Cristo. Pero hoy no hay más hierro. No hay nada más que esa mujer entera y pura frente al mar. Esa mujer sola contra todo el dolor del mundo. Un pecho comprimido, cada vez más reducido, cada vez más cerrado. Hoy las gaviotas son las emisarias de los fracasos que la vieron desde lejos todo este tiempo, vienen y gritan que los dueños de su destino son todavía las cadenas del miedo.

Todas las voces.

Todos los llantos.

Todos los muertos.

Se van alejando, callando, distantes, allá, lejos en el sueño desmedido de las olas.

Luis Briceño.

27 nov 2008

No por los días ya muertos...

No por los días ya muertos, ni por las sonrisas olvidadas, o los labios fríos. No por haber sido otra vez una pluma en medio de un ciclón, ni haber visto ayer, otra vez, esa cruz enorme. No son los recuerdos alegres que hoy no hayan el camino a sus ojos. No es eso. Es lo lejano que se ve ese sueño. Es lo pesado de las promesas hechas a sí mismo, es lo duro de las paredes esas, que imposibles se levantan cada vez. Es la fatiga de correr en círculos. Son las ansias de dejar de sobrevivir. Es la tentación de caer, esa fuerza extraña que siente caer sobre sus hombros cada noche. Son las lágrimas que sabe, se derraman por las mejillas del rostro más hermoso de todos. Son los suspiros que se escapan del pecho ese en el caben todas sus angustias, el mismo pecho que puede albergar todos sus sueños. Son las penas, no suyas –esas todavía se aguantan- , que, sabe –aunque se lo niegue con el alma- se precipitan cada mañana, cada noche, cada sábado, a sus hombros. Esos hombros que parecen cargar todo el peso del mundo. Es la ausencia de esa voz que puede responder cualquier pregunta, que podía, antes, cuando todo era llegar a casa y hacer desaparecer el mundo entero, convertir todo en risas. No son las caídas, no. Es la certeza amarga de que cada vez le es más duro levantarse. Es la amenaza de que en cualquier segundo, su espalda cederá a tantas derrotas, a tanto dolor y tanto trabajo sin alivio. Son las ganas de reinventar el mundo sólo para ella, de romper en millones de pedazos todo el dolor. todo el sufrimiento y mandarlo al carajo, y regalarle por fin una alegría. Es el hastío de otra vez verse impotente ante su angustia.

No porque hoy la quiera más que nunca, no porque hoy le haga falta, sino porque a veces, él también muere.

Luis Briceño.

La dama en la pared.

La pared blanca, veteada entre alquitrán y añil por la luz y las sombras que se proyectan desde la ventana, la cama destendida, la mesa con una hoja manchada de ideas, el piso rojo ocre. La habitación toda lanzaba un grito sordo a la luna ya oculta en el cielo. Cómo si de algún tiempo lejano conociera ya ese aroma, como si esos ojos hubieran penetrado ya antes en sus pupilas. Dos treinta de la mañana. El reloj en la pared hace un ruido casi insoportable, el aire del cuarto, está hoy, como todas las madrugadas de octubre, pesado, un poco angustioso quizá. Continúa contemplando la pared hasta que las sombras en ella comienzan a moverse, sutilmente, cobrando forma, ávidas de sangre. El alquitrán y el añil empiezan a conjugarse en un cuadro por mucho inverosímil pero, por mucho más, vivo. El rostro dibujado en el gélido concreto lo fusila con la mirada, lo pasma no de miedo sino de asombro y esboza una tímida sonrisa que contrasta con lo incisivo de sus ojos. Afuera el viento sacude los portones mojados y oxidados, la luna ha detenido su curso para escuchar atenta el diálogo:

-He sentido que me mirás, en las noches, cuando duermo.

-Yo he sentido que me escapo y al fin libre te beso.

-Anda, acercate más.

-No, hace demasiado frío allí.

-¿Frío aquí? Estoy sudando.

-Es albur y no sal lo que destilan tus poros.

-Es deseo de vos y nada más.

-¿Lo ves? Deseo frío y mudo.

-Es libertad.

-Es sueño y no menos.

-Es amor.

-Es un silbido lanzado contra el mar.

-Somos sólo mis huesos y yo.

-Y tus letras.

-Que son vos.

-Yo soy esto y no más.

-Anda, vení, que esta pared está muy fría.

Luis Briceño.