18 dic 2007

Hoy he visto mucha gente...

Hoy he visto mucha gente.
He visto mucha gente que también
Me miraba,
Hablaba y decía cosas que no entendí.
Hoy me he puesto enfrente,
Y he tratado de verla a los ojos.
Ver la gente a los ojos claro suena fácil.

¿A ella?
A ella también la vi.
Estaba triste con la tristeza esa
Que es mi casa.
Como Asterión, sí, mi casa.
La tristeza esa que nunca le sé.
La vi.
Ella sola hizo la gente.
Mucha gente me vio hoy
Y yo también la vi.

Luis Briceño.

26 nov 2007

20 de agosto de 2007

La vio sosegada, por fin real. Aquél cristal pálido por fin se había hecho pedazos. Se había hecho trizas como roto en su pecho ardía su corazón. La vio ahora humana y terrena. Vio sedimentado el aroma estéreo y la presencia intangible, tan siempre volátil. Consolarla sí, pero con sus brazos y no con su corazón. Amarla sí, pero no como siempre. Era ahora un amor asceta, un trueno de enredo. El amor apenas cálido de su confianza. El aire frío se asía a su garganta, seca y estéril. Las gotas cayendo en sus brazos, se unían al silencio, rompiendo fragosas el cristal pálido.

Por fin ahí frente a él, denuda sin mentiras. Entregada a sus brazos sin poder tocarla. Atado por la fuerza inconmensurable de lo callado y lo tácito. Ahogado en el estrépito de sentimientos, en la calma desordenada de su impotencia feroz.

Enternecido por las astillas de hielo que crujían en la atmósfera densa de miedo y desesperanza, moría con ella. Silente. Extraño.

Luis Briceño

29 oct 2007

Esto es más


Implacable. Violenta pero tierna. Con esa ternura que aplaca el ímpetu ultrajante de estas manos temblorosas. Así desfila por los pasillos inundados de niebla de esta cabeza vuelta al revés. Se aparece en las noches, cobra presencia en los sueños más profundos y sus brazos, sus brazos cansados de sostener este cuerpo que se rinde cada mañana a la derrota que le ofrece el día cansado, me atan tan suavemente, que apenas la siento. Pero su palpitar, su palpitar tan fuerte y firme me recuerda que está ahí, ahí conmigo cuando más hace falta. Cuando todo se acaba y sólo cenizas pueblan el piso frío y duro de la madrugada, desde abajo, me levantan sus risas, sus palabras, sus brazos. Me levantan y sostienen y me abrazo a su fuerza. Y alzado en tus ojos siento que acaba, y cobra sentido, trágico sentido, pero sentido al fin, todo este desorden de hecho y sueños y sueños desechos. Ésto es más, mucho más os digo, que cualquier otra, que cualquiera. Llena y abraza, y calienta sin quemar, y acude en ayuda de este muerto impaciente, cada vez que frío se desploma sobre las sombras oscuras de la noche vacía. Ésto es más, vuelvo y repito, que las heridas y los jirones, que las noches y los deseos. Ésto es más, y por eso la quiero.
Luis Briceño

26 oct 2007

Carne de cañón

Cayó con un estruendoso clamor en el frío piso de madera pulida. Ensangrentado, desfigurado por la sombra roja que se había posado sobre su envés. Se había resistido estoicamente al abrazo cálido de la mano que lo había empuñado. Aquella mano, esquelética y firme, que lo había empujado al abismo de aquel cuerpecito trémulo, aquel cuerpecito entorpecido por la fe, ciega fe en el fantasma delirante. En el suelo, duro y puro suelo, perforado apenas por el ápice aun candente de su hoja, sollozaba, angustiado en la angustia febril que lo invadía a través del pulso anacrónico de la mano furtiva que lo había hecho preso entre sus lazos de prestidigitador. La mano falaz que acarició finamente su espalda con la delicadeza absurda de un pétalo de sal, no había temblado siquiera ante la mirada perdida y profunda de la víctima. La rozó de manera casi imperceptible con el cuerpo inerte del que ahora, en el piso, se ahoga en la ardorosa sangre del alma cuyos cristales había recogido tan pacientemente del piso del cuarto hace tiempo. El cadáver, le parecía, lo miraba ahora con recelo, con los ojos agitados por la furia, el persistente instinto humano de respuesta se hacía grande, feroz en su corazón abatido.
La mano acaricia la mejilla, suave a pesar de la rigidez propia de un cadáver, de la niña muerta, atrapada en el ataúd de fantasía. Su mueca de risa da una impresión simultánea de desahogo y perversidad infundada.
El piso, él, ha muerto, con la niña.

Luis Briceño.

22 oct 2007

Se ha roto

Se ha roto en el cielo una nube roja, y pregona su llanto en la llovizna que se perfila al amanecer del los sueños, un lunes para variar. Se ha roto y empieza, de nuevo, a sufrir con su caja abierta al viento que silba cansino por entre su cuerpo. Una nube se ha callado, su silencio guardado resuena en la noche de estrellas sin nubes, de estrellas sin luna.

Luis Briceño.

A veces

A veces me imagino que ya no existes en este pecho contrito. A veces hago de cuenta que la eternidad ha muerto, e intento, desesperado, ponerle cruz a este ocaso inoportuno. Pero es que justo en el instante atrevido del amanecer sangrado torna mi mente, angustiosa y fatigada, a tropezarse con la imagen tenue, y te recuerdo con el corazón adherido a tu blusa, y en tu pecho dibujado el olvido y la máquina del tiempo. A veces un sueño se me escapa volando, en las alas trémulas de un suspiro del viento, y casi ilusionado me dejo atrapar por una mirada extraña y dulce. Pero tu voz se amarra a mis venas, me revuelca entre los hierros retorcidos del fracaso y se precipita a mi boca el desvelo enamorado de la miel de tus labios. A veces la tarde se abre generosa y el cielo tiñe de añil sus níveas caricias, a veces muero quieto y pasivo. Pero mis sentidos se atraviesan tiritantes y encallan en las rocas de mi búsqueda frenética. Pero no te encuentro en las sombras vacías de mis sueños diurnos. No señora, ahí no estás, te escondes, te guardas, te hundes ausente y te encuentro en la noche abrazada a la luna, renegando del mundo, de mis sueños altivos, con tu risa intranquila y tus manos de plata.

Luis Briceño.

12 oct 2007

Epitafio

Parafrásis a Miguel de Cervantes Saavedra

Ya acabó compañero. Esta fue la última. Aquí termina nuestra aventura y hasta aquí llega esta liturgia.
Sin ánimo de letanía digo estas palabras, pero es que es tan difícil ser indiferente al término de esta cruzada.
¡Nuestra causa ha muerto, amigo! Y con ella nuestro propósito. Perdimos en el rastro jirones del alma nuestra, flaqueó nuestro espíritu y el ahínco se nos fue entre las manos como arena.
Nuestro sueño se escondía a veces, y entre las oscuras nubes las estrellas desaparecían. Pero nuestra voluntad hermano, reacia al fracaso, sostuvo las bases de las columnas sobre las que intentamos construir el mundo, nuestro mundo. Un mundo hoy hecho cenizas por el fuego vil del fracaso. Nada queda ahora de nosotros. Y en nuestro pecho, para siempre, resonará el sonido de esa espada rompiendo el viento, casi imperceptible.
Este calor es casi el mismo que esa preciosa doncella infundía en mi sangre, o el fulgor de la batalla o la sensación de la victoria. Pero esta vez se siente seco, cruel, lleva consigo el rumor de un juicio pesado y una sentencia irrevocable.
Hasta aquí amigo Sancho, Hasta aquí nuestra travesía.
Los trillos hechos, los gigantes muertos, las princesas salvadas, todo amigo acaba hoy.
Te agradezco desde mi alma, el alma misma desde donde brota esta sangre que empapa tus ropas de escarlata, tu fiel compañía, mi estimado escudero. ¡Vive Dios! Que nuestra lucha no es fútil, y para siempre en los monasterios se contará la historia del caballero de la Triste Figura, de su escudero y más aún su amigo, de sus aventuras, de su sueño, de su ideal, y de ésta, su última victoria.

Luis Briceño.

30 sept 2007

Besarte es un tango...

Besarte es un tango encerrado en Caño catorce. Besarte nena, es hundirse con Manzi en la corriente aterradora y plácida de la música entera y perpetua de un tango rebuscado en la noche. Besarte es aproximarse al abismo de sueños en que caigo y muero cada segundo con tu ausencia. Con tu beso nace, trémulo, salvaje, un suspiro agotado, cansado de morir. En tus labios de flor agitados pasan, como estrellas fugaces los cuadros viejos y rotos de películas de antaño. En tu boca eterna se esfuma, pálida como la luna de abril, mi pena inquieta y taciturna. Las cuerdas se me enredan, frías metálicas, siento la asfixia, siento la fuerza, menuda ausencia, siento que siento, que no te tengo. Pero tengo un tango, oculto bajo la ropa. Tengo un sueño que de noche te acaricia. Y te tengo en mis sueños cuando de noche te acaricio. Besarte es un tango, violento, amargo al final, pero un tango al fin, un tango que termina con mis huesos echados al fuego y mi alma tendida a la luna. Tengo, te digo, sueños que mojan estrellas, sueños que de noche tiento y de día atrapo. Tengo en mi almohada gotas de tiempo, y olvido que guardo en tu pecho tengo. Tangos atrapo en mi guitarra que muere, así como nada, entre mis manos intrusas. Mi guitarra me grita, que el tango que ansía, no es el tango que toco, sino tus besos en cuatro, el tango en tus besos.
Luis Briceño.

29 sept 2007

Silente fragilidad

Un abrazo, inútil por donde se mirara, era lo único que le podía ofrecer. Desesperado, inquieto, callado. Las palabras se aglutinaban en su garganta, mientras aquellos sollozos acribillaban su corazón y cada suspiro lo llevaba al borde de un abismo. El viento frío, desolador, dominaba aquella escena, de la cual formaba parte y a la vez le parecía ver representada sobre tablas viejas y corroídas por el tiempo. Era como si las lágrimas inundaran y humedecieran aquella atmósfera lacustre. No conseguía ordenar siquiera una oración, al tiempo que moría en el silencio. Trataba de buscar en aquellos ojos tristes la causa de ese dolor helado que le oprimía el pecho. Sin embargo no los encontró. Tenía la mirada perdida, como cuando se hunde uno en sus más recónditos pensamientos. Le era ahora inalcanzable, ajena, extraña. Sintió otra vez ese vacío insoportable en su alma. El verla sufrir, sus lágrimas, sus suspiros, aquel cielo gris, el aire cargado de humedad. Todo aquello lo volvía loco. Se aproximó a ella y la amarró con sus brazos y sintióla tan frágil que tuvo miedo de lastimarla. Y otra vez esa atroz desesperanza y ese fiero desconsuelo se le impregnaban en la piel, en cada poro, y le herían hasta los huesos. La apretó contra sí mismo como intentando romper el cristal pálido que los separaba. No pudo. Ella se apartó con una delicadeza estéril y fría, y tras la niebla densa del silencio, otra vez, murió. 

Luis Briceño.

Mudanza

Voy a irme de aquí. Esta ciudad me queda ya estrecha, y estrechos lo vientos me apuran el paso. En sus calles grises de memorias de triunfos ya no hay espacio para nuevos estallidos. Me alisto para irme, pero no con las manos vacías.
Voy a empacar tu tristeza, tu dolor, tu angustia. Envolveré con cuidado el halo azul de tu aura de niña. Me llevaré la lluvia de duda que acecha tu alma. Me llevaré tus preguntas de silencio de muerte, de humedad de lágrimas y de asaltos. Me llevaré tu arte guardada en mi memoria, tu baile sirena, tu canto de flor. Me llevaré el pesado cansancio de tus ojos de musgo. Me llevaré la luna indeleble que incesante te acusa. Me llevaré el rocío de la madrugada cansada, de intentos y muertos, de ceniza y almizcle. Te dejaré, empero, los sueños del fondo de tu alma sincera. Te dejaré mi esperanza, mi fe en las estrellas. Te dejaré la certeza, segura certeza, de que un día te quise, y el anhelo fragante de que un día fui tuyo. Te dejaré guardado, guardado e intacto, un beso, y un abrazo en el aire de tus suspiros de tierra, de tus pupilas de mar.


Luis Briceño.

26 sept 2007

Sin texto

— Si grito, ¿quién me oiría?—pregunté.

— Nadie—dijo una voz, dando tumbos en mi mente.

Escribí la primera y única palabra; pero no lograba continuar. La coloqué al centro y arriba de la hoja. La luz parpadeante, la penumbra del cuarto y la oscuridad de la tinta, hacían que cayera en un abismo de incomprensión. Me encontraba acodado en la mesa, con un lapicero en la mano y frotándome las sienes con los dedos pulgares. “No me gusta”, pensé. Hice la hoja a un lado, tomé otra y escribí. “¡Lo mismo!” dije sorprendido. Dejé mis ojos sobre el papel, sin mirarlo, y las letras bailaban al ritmo de la segundera del reloj de pared. La turbiedad de mis ojos aumentaba con el fragor del silencio. Recuerdo que soñé que estaba en un enorme monasterio y que había sólo una persona. Era gordo; de andar lento y silencioso. Recuerdo que hizo sonar las campanas, y no pararon hasta que me percaté que debía ir al colegio. Abandoné la silla. En el bolso guardé el cuaderno y el lapicero y me fui al baño.

— ¿Porqué tienes eso en la frente?—pregunté al espejo.

— Es tu vida—respondió una voz, dando tumbos en mi mente.


Romano Porras Murillo.
http://rpmurillo.blogspot.com/




Viento que sopla

El viento sopló dejándoles los labios empapados de polvo. Ya no era aquella brisa suave que acariciaba antes sus rostros, que traía consigo el rocío de aquel lugar lejano pero alcanzable. Este viento hería cada uno de sus poros, y se colaba dentro de su piel, seco, árido.

Él la miró con los ojos extraviados, como queriendo decirle algo sin hablarle, como queriendo contarle todo lo que pasaba por su mente. No lograba, sin embargo, decir nada, tenía miedo de volver a equivocarse, Su corazón apretaba fuertemente su pecho, quería salirse, estallar. Ninguno de los dos podía explicar aquella situación.

El crepúsculo parecía ahora la peor de las agonías, lento, inevitable. El horizonte teñido de rojo estaba como siempre, lejano, inasible. Pensó que tal vez siempre fue así, solo que ahora quería tenerle en sus brazos y apretarlo fuerte, y no soltarlo. Abrazarlo hasta hacerlo parte de sí. Abrazarlo hasta convertirse en uno solo. ¿Qué es esta extraña sensación de impersonalidad? ¿Qué es este desesperado sentimiento de angustia que le asfixia, esta soledad sofocante? Su garganta enmudeció y una lágrima brotó de sus ojos, alejándose para siempre de su interior, despegándose como se arranca a un cuerpo su alma, como el viento arranca a un árbol sus hojas, dejándole desnudo bajo el sol, el mismo sol que antes lo hacía sentir vivo, lo quema ahora hasta la muerte.

¿Qué es este sentimiento maldito que no lo abandona? ¿Por qué estas ganas de abrazar, de sentir?

No es ella. No es el viento. Es éste malinche ajeno al suelo, extraño al sol, lejano del cielo. Es este olor a tierra, a zacate, que toca sus rostros y los abandona. Es este fantasma al que abraza y se esfuma.

Ya no lo soporta más. Este ancho vacío le estruja el alma, la aprieta. Estas ganas de aferrarse a algo, de asirlo fuerte muy fuerte. Este intento desesperado por abrazar una ola, por sujetar el viento, por llegar al sol.

El viento sopló dejándoles los labios llenos de arena, y una nube de polvo ahogó para siempre su alma.

Luis Briceño.