30 sept 2007

Besarte es un tango...

Besarte es un tango encerrado en Caño catorce. Besarte nena, es hundirse con Manzi en la corriente aterradora y plácida de la música entera y perpetua de un tango rebuscado en la noche. Besarte es aproximarse al abismo de sueños en que caigo y muero cada segundo con tu ausencia. Con tu beso nace, trémulo, salvaje, un suspiro agotado, cansado de morir. En tus labios de flor agitados pasan, como estrellas fugaces los cuadros viejos y rotos de películas de antaño. En tu boca eterna se esfuma, pálida como la luna de abril, mi pena inquieta y taciturna. Las cuerdas se me enredan, frías metálicas, siento la asfixia, siento la fuerza, menuda ausencia, siento que siento, que no te tengo. Pero tengo un tango, oculto bajo la ropa. Tengo un sueño que de noche te acaricia. Y te tengo en mis sueños cuando de noche te acaricio. Besarte es un tango, violento, amargo al final, pero un tango al fin, un tango que termina con mis huesos echados al fuego y mi alma tendida a la luna. Tengo, te digo, sueños que mojan estrellas, sueños que de noche tiento y de día atrapo. Tengo en mi almohada gotas de tiempo, y olvido que guardo en tu pecho tengo. Tangos atrapo en mi guitarra que muere, así como nada, entre mis manos intrusas. Mi guitarra me grita, que el tango que ansía, no es el tango que toco, sino tus besos en cuatro, el tango en tus besos.
Luis Briceño.

29 sept 2007

Silente fragilidad

Un abrazo, inútil por donde se mirara, era lo único que le podía ofrecer. Desesperado, inquieto, callado. Las palabras se aglutinaban en su garganta, mientras aquellos sollozos acribillaban su corazón y cada suspiro lo llevaba al borde de un abismo. El viento frío, desolador, dominaba aquella escena, de la cual formaba parte y a la vez le parecía ver representada sobre tablas viejas y corroídas por el tiempo. Era como si las lágrimas inundaran y humedecieran aquella atmósfera lacustre. No conseguía ordenar siquiera una oración, al tiempo que moría en el silencio. Trataba de buscar en aquellos ojos tristes la causa de ese dolor helado que le oprimía el pecho. Sin embargo no los encontró. Tenía la mirada perdida, como cuando se hunde uno en sus más recónditos pensamientos. Le era ahora inalcanzable, ajena, extraña. Sintió otra vez ese vacío insoportable en su alma. El verla sufrir, sus lágrimas, sus suspiros, aquel cielo gris, el aire cargado de humedad. Todo aquello lo volvía loco. Se aproximó a ella y la amarró con sus brazos y sintióla tan frágil que tuvo miedo de lastimarla. Y otra vez esa atroz desesperanza y ese fiero desconsuelo se le impregnaban en la piel, en cada poro, y le herían hasta los huesos. La apretó contra sí mismo como intentando romper el cristal pálido que los separaba. No pudo. Ella se apartó con una delicadeza estéril y fría, y tras la niebla densa del silencio, otra vez, murió. 

Luis Briceño.

Mudanza

Voy a irme de aquí. Esta ciudad me queda ya estrecha, y estrechos lo vientos me apuran el paso. En sus calles grises de memorias de triunfos ya no hay espacio para nuevos estallidos. Me alisto para irme, pero no con las manos vacías.
Voy a empacar tu tristeza, tu dolor, tu angustia. Envolveré con cuidado el halo azul de tu aura de niña. Me llevaré la lluvia de duda que acecha tu alma. Me llevaré tus preguntas de silencio de muerte, de humedad de lágrimas y de asaltos. Me llevaré tu arte guardada en mi memoria, tu baile sirena, tu canto de flor. Me llevaré el pesado cansancio de tus ojos de musgo. Me llevaré la luna indeleble que incesante te acusa. Me llevaré el rocío de la madrugada cansada, de intentos y muertos, de ceniza y almizcle. Te dejaré, empero, los sueños del fondo de tu alma sincera. Te dejaré mi esperanza, mi fe en las estrellas. Te dejaré la certeza, segura certeza, de que un día te quise, y el anhelo fragante de que un día fui tuyo. Te dejaré guardado, guardado e intacto, un beso, y un abrazo en el aire de tus suspiros de tierra, de tus pupilas de mar.


Luis Briceño.

26 sept 2007

Sin texto

— Si grito, ¿quién me oiría?—pregunté.

— Nadie—dijo una voz, dando tumbos en mi mente.

Escribí la primera y única palabra; pero no lograba continuar. La coloqué al centro y arriba de la hoja. La luz parpadeante, la penumbra del cuarto y la oscuridad de la tinta, hacían que cayera en un abismo de incomprensión. Me encontraba acodado en la mesa, con un lapicero en la mano y frotándome las sienes con los dedos pulgares. “No me gusta”, pensé. Hice la hoja a un lado, tomé otra y escribí. “¡Lo mismo!” dije sorprendido. Dejé mis ojos sobre el papel, sin mirarlo, y las letras bailaban al ritmo de la segundera del reloj de pared. La turbiedad de mis ojos aumentaba con el fragor del silencio. Recuerdo que soñé que estaba en un enorme monasterio y que había sólo una persona. Era gordo; de andar lento y silencioso. Recuerdo que hizo sonar las campanas, y no pararon hasta que me percaté que debía ir al colegio. Abandoné la silla. En el bolso guardé el cuaderno y el lapicero y me fui al baño.

— ¿Porqué tienes eso en la frente?—pregunté al espejo.

— Es tu vida—respondió una voz, dando tumbos en mi mente.


Romano Porras Murillo.
http://rpmurillo.blogspot.com/




Viento que sopla

El viento sopló dejándoles los labios empapados de polvo. Ya no era aquella brisa suave que acariciaba antes sus rostros, que traía consigo el rocío de aquel lugar lejano pero alcanzable. Este viento hería cada uno de sus poros, y se colaba dentro de su piel, seco, árido.

Él la miró con los ojos extraviados, como queriendo decirle algo sin hablarle, como queriendo contarle todo lo que pasaba por su mente. No lograba, sin embargo, decir nada, tenía miedo de volver a equivocarse, Su corazón apretaba fuertemente su pecho, quería salirse, estallar. Ninguno de los dos podía explicar aquella situación.

El crepúsculo parecía ahora la peor de las agonías, lento, inevitable. El horizonte teñido de rojo estaba como siempre, lejano, inasible. Pensó que tal vez siempre fue así, solo que ahora quería tenerle en sus brazos y apretarlo fuerte, y no soltarlo. Abrazarlo hasta hacerlo parte de sí. Abrazarlo hasta convertirse en uno solo. ¿Qué es esta extraña sensación de impersonalidad? ¿Qué es este desesperado sentimiento de angustia que le asfixia, esta soledad sofocante? Su garganta enmudeció y una lágrima brotó de sus ojos, alejándose para siempre de su interior, despegándose como se arranca a un cuerpo su alma, como el viento arranca a un árbol sus hojas, dejándole desnudo bajo el sol, el mismo sol que antes lo hacía sentir vivo, lo quema ahora hasta la muerte.

¿Qué es este sentimiento maldito que no lo abandona? ¿Por qué estas ganas de abrazar, de sentir?

No es ella. No es el viento. Es éste malinche ajeno al suelo, extraño al sol, lejano del cielo. Es este olor a tierra, a zacate, que toca sus rostros y los abandona. Es este fantasma al que abraza y se esfuma.

Ya no lo soporta más. Este ancho vacío le estruja el alma, la aprieta. Estas ganas de aferrarse a algo, de asirlo fuerte muy fuerte. Este intento desesperado por abrazar una ola, por sujetar el viento, por llegar al sol.

El viento sopló dejándoles los labios llenos de arena, y una nube de polvo ahogó para siempre su alma.

Luis Briceño.