— Nadie—dijo una voz, dando tumbos en mi mente.
Escribí la primera y única palabra; pero no lograba continuar. La coloqué al centro y arriba de la hoja. La luz parpadeante, la penumbra del cuarto y la oscuridad de la tinta, hacían que cayera en un abismo de incomprensión. Me encontraba acodado en la mesa, con un lapicero en la mano y frotándome las sienes con los dedos pulgares. “No me gusta”, pensé. Hice la hoja a un lado, tomé otra y escribí. “¡Lo mismo!” dije sorprendido. Dejé mis ojos sobre el papel, sin mirarlo, y las letras bailaban al ritmo de la segundera del reloj de pared. La turbiedad de mis ojos aumentaba con el fragor del silencio. Recuerdo que soñé que estaba en un enorme monasterio y que había sólo una persona. Era gordo; de andar lento y silencioso. Recuerdo que hizo sonar las campanas, y no pararon hasta que me percaté que debía ir al colegio. Abandoné la silla. En el bolso guardé el cuaderno y el lapicero y me fui al baño.
— ¿Porqué tienes eso en la frente?—pregunté al espejo.
— Es tu vida—respondió una voz, dando tumbos en mi mente.
Romano Porras Murillo.
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