29 oct 2007

Esto es más


Implacable. Violenta pero tierna. Con esa ternura que aplaca el ímpetu ultrajante de estas manos temblorosas. Así desfila por los pasillos inundados de niebla de esta cabeza vuelta al revés. Se aparece en las noches, cobra presencia en los sueños más profundos y sus brazos, sus brazos cansados de sostener este cuerpo que se rinde cada mañana a la derrota que le ofrece el día cansado, me atan tan suavemente, que apenas la siento. Pero su palpitar, su palpitar tan fuerte y firme me recuerda que está ahí, ahí conmigo cuando más hace falta. Cuando todo se acaba y sólo cenizas pueblan el piso frío y duro de la madrugada, desde abajo, me levantan sus risas, sus palabras, sus brazos. Me levantan y sostienen y me abrazo a su fuerza. Y alzado en tus ojos siento que acaba, y cobra sentido, trágico sentido, pero sentido al fin, todo este desorden de hecho y sueños y sueños desechos. Ésto es más, mucho más os digo, que cualquier otra, que cualquiera. Llena y abraza, y calienta sin quemar, y acude en ayuda de este muerto impaciente, cada vez que frío se desploma sobre las sombras oscuras de la noche vacía. Ésto es más, vuelvo y repito, que las heridas y los jirones, que las noches y los deseos. Ésto es más, y por eso la quiero.
Luis Briceño

26 oct 2007

Carne de cañón

Cayó con un estruendoso clamor en el frío piso de madera pulida. Ensangrentado, desfigurado por la sombra roja que se había posado sobre su envés. Se había resistido estoicamente al abrazo cálido de la mano que lo había empuñado. Aquella mano, esquelética y firme, que lo había empujado al abismo de aquel cuerpecito trémulo, aquel cuerpecito entorpecido por la fe, ciega fe en el fantasma delirante. En el suelo, duro y puro suelo, perforado apenas por el ápice aun candente de su hoja, sollozaba, angustiado en la angustia febril que lo invadía a través del pulso anacrónico de la mano furtiva que lo había hecho preso entre sus lazos de prestidigitador. La mano falaz que acarició finamente su espalda con la delicadeza absurda de un pétalo de sal, no había temblado siquiera ante la mirada perdida y profunda de la víctima. La rozó de manera casi imperceptible con el cuerpo inerte del que ahora, en el piso, se ahoga en la ardorosa sangre del alma cuyos cristales había recogido tan pacientemente del piso del cuarto hace tiempo. El cadáver, le parecía, lo miraba ahora con recelo, con los ojos agitados por la furia, el persistente instinto humano de respuesta se hacía grande, feroz en su corazón abatido.
La mano acaricia la mejilla, suave a pesar de la rigidez propia de un cadáver, de la niña muerta, atrapada en el ataúd de fantasía. Su mueca de risa da una impresión simultánea de desahogo y perversidad infundada.
El piso, él, ha muerto, con la niña.

Luis Briceño.

22 oct 2007

Se ha roto

Se ha roto en el cielo una nube roja, y pregona su llanto en la llovizna que se perfila al amanecer del los sueños, un lunes para variar. Se ha roto y empieza, de nuevo, a sufrir con su caja abierta al viento que silba cansino por entre su cuerpo. Una nube se ha callado, su silencio guardado resuena en la noche de estrellas sin nubes, de estrellas sin luna.

Luis Briceño.

A veces

A veces me imagino que ya no existes en este pecho contrito. A veces hago de cuenta que la eternidad ha muerto, e intento, desesperado, ponerle cruz a este ocaso inoportuno. Pero es que justo en el instante atrevido del amanecer sangrado torna mi mente, angustiosa y fatigada, a tropezarse con la imagen tenue, y te recuerdo con el corazón adherido a tu blusa, y en tu pecho dibujado el olvido y la máquina del tiempo. A veces un sueño se me escapa volando, en las alas trémulas de un suspiro del viento, y casi ilusionado me dejo atrapar por una mirada extraña y dulce. Pero tu voz se amarra a mis venas, me revuelca entre los hierros retorcidos del fracaso y se precipita a mi boca el desvelo enamorado de la miel de tus labios. A veces la tarde se abre generosa y el cielo tiñe de añil sus níveas caricias, a veces muero quieto y pasivo. Pero mis sentidos se atraviesan tiritantes y encallan en las rocas de mi búsqueda frenética. Pero no te encuentro en las sombras vacías de mis sueños diurnos. No señora, ahí no estás, te escondes, te guardas, te hundes ausente y te encuentro en la noche abrazada a la luna, renegando del mundo, de mis sueños altivos, con tu risa intranquila y tus manos de plata.

Luis Briceño.

12 oct 2007

Epitafio

Parafrásis a Miguel de Cervantes Saavedra

Ya acabó compañero. Esta fue la última. Aquí termina nuestra aventura y hasta aquí llega esta liturgia.
Sin ánimo de letanía digo estas palabras, pero es que es tan difícil ser indiferente al término de esta cruzada.
¡Nuestra causa ha muerto, amigo! Y con ella nuestro propósito. Perdimos en el rastro jirones del alma nuestra, flaqueó nuestro espíritu y el ahínco se nos fue entre las manos como arena.
Nuestro sueño se escondía a veces, y entre las oscuras nubes las estrellas desaparecían. Pero nuestra voluntad hermano, reacia al fracaso, sostuvo las bases de las columnas sobre las que intentamos construir el mundo, nuestro mundo. Un mundo hoy hecho cenizas por el fuego vil del fracaso. Nada queda ahora de nosotros. Y en nuestro pecho, para siempre, resonará el sonido de esa espada rompiendo el viento, casi imperceptible.
Este calor es casi el mismo que esa preciosa doncella infundía en mi sangre, o el fulgor de la batalla o la sensación de la victoria. Pero esta vez se siente seco, cruel, lleva consigo el rumor de un juicio pesado y una sentencia irrevocable.
Hasta aquí amigo Sancho, Hasta aquí nuestra travesía.
Los trillos hechos, los gigantes muertos, las princesas salvadas, todo amigo acaba hoy.
Te agradezco desde mi alma, el alma misma desde donde brota esta sangre que empapa tus ropas de escarlata, tu fiel compañía, mi estimado escudero. ¡Vive Dios! Que nuestra lucha no es fútil, y para siempre en los monasterios se contará la historia del caballero de la Triste Figura, de su escudero y más aún su amigo, de sus aventuras, de su sueño, de su ideal, y de ésta, su última victoria.

Luis Briceño.