26 oct 2007

Carne de cañón

Cayó con un estruendoso clamor en el frío piso de madera pulida. Ensangrentado, desfigurado por la sombra roja que se había posado sobre su envés. Se había resistido estoicamente al abrazo cálido de la mano que lo había empuñado. Aquella mano, esquelética y firme, que lo había empujado al abismo de aquel cuerpecito trémulo, aquel cuerpecito entorpecido por la fe, ciega fe en el fantasma delirante. En el suelo, duro y puro suelo, perforado apenas por el ápice aun candente de su hoja, sollozaba, angustiado en la angustia febril que lo invadía a través del pulso anacrónico de la mano furtiva que lo había hecho preso entre sus lazos de prestidigitador. La mano falaz que acarició finamente su espalda con la delicadeza absurda de un pétalo de sal, no había temblado siquiera ante la mirada perdida y profunda de la víctima. La rozó de manera casi imperceptible con el cuerpo inerte del que ahora, en el piso, se ahoga en la ardorosa sangre del alma cuyos cristales había recogido tan pacientemente del piso del cuarto hace tiempo. El cadáver, le parecía, lo miraba ahora con recelo, con los ojos agitados por la furia, el persistente instinto humano de respuesta se hacía grande, feroz en su corazón abatido.
La mano acaricia la mejilla, suave a pesar de la rigidez propia de un cadáver, de la niña muerta, atrapada en el ataúd de fantasía. Su mueca de risa da una impresión simultánea de desahogo y perversidad infundada.
El piso, él, ha muerto, con la niña.

Luis Briceño.

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