Ya acabó compañero. Esta fue la última. Aquí termina nuestra aventura y hasta aquí llega esta liturgia.
Sin ánimo de letanía digo estas palabras, pero es que es tan difícil ser indiferente al término de esta cruzada.
¡Nuestra causa ha muerto, amigo! Y con ella nuestro propósito. Perdimos en el rastro jirones del alma nuestra, flaqueó nuestro espíritu y el ahínco se nos fue entre las manos como arena.
Nuestro sueño se escondía a veces, y entre las oscuras nubes las estrellas desaparecían. Pero nuestra voluntad hermano, reacia al fracaso, sostuvo las bases de las columnas sobre las que intentamos construir el mundo, nuestro mundo. Un mundo hoy hecho cenizas por el fuego vil del fracaso. Nada queda ahora de nosotros. Y en nuestro pecho, para siempre, resonará el sonido de esa espada rompiendo el viento, casi imperceptible.
Este calor es casi el mismo que esa preciosa doncella infundía en mi sangre, o el fulgor de la batalla o la sensación de la victoria. Pero esta vez se siente seco, cruel, lleva consigo el rumor de un juicio pesado y una sentencia irrevocable.
Hasta aquí amigo Sancho, Hasta aquí nuestra travesía.
Los trillos hechos, los gigantes muertos, las princesas salvadas, todo amigo acaba hoy.
Te agradezco desde mi alma, el alma misma desde donde brota esta sangre que empapa tus ropas de escarlata, tu fiel compañía, mi estimado escudero. ¡Vive Dios! Que nuestra lucha no es fútil, y para siempre en los monasterios se contará la historia del caballero de
Luis Briceño.
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