A veces me imagino que ya no existes en este pecho contrito. A veces hago de cuenta que la eternidad ha muerto, e intento, desesperado, ponerle cruz a este ocaso inoportuno. Pero es que justo en el instante atrevido del amanecer sangrado torna mi mente, angustiosa y fatigada, a tropezarse con la imagen tenue, y te recuerdo con el corazón adherido a tu blusa, y en tu pecho dibujado el olvido y la máquina del tiempo. A veces un sueño se me escapa volando, en las alas trémulas de un suspiro del viento, y casi ilusionado me dejo atrapar por una mirada extraña y dulce. Pero tu voz se amarra a mis venas, me revuelca entre los hierros retorcidos del fracaso y se precipita a mi boca el desvelo enamorado de la miel de tus labios. A veces la tarde se abre generosa y el cielo tiñe de añil sus níveas caricias, a veces muero quieto y pasivo. Pero mis sentidos se atraviesan tiritantes y encallan en las rocas de mi búsqueda frenética. Pero no te encuentro en las sombras vacías de mis sueños diurnos. No señora, ahí no estás, te escondes, te guardas, te hundes ausente y te encuentro en la noche abrazada a la luna, renegando del mundo, de mis sueños altivos, con tu risa intranquila y tus manos de plata.
Luis Briceño.
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