26 nov 2007

20 de agosto de 2007

La vio sosegada, por fin real. Aquél cristal pálido por fin se había hecho pedazos. Se había hecho trizas como roto en su pecho ardía su corazón. La vio ahora humana y terrena. Vio sedimentado el aroma estéreo y la presencia intangible, tan siempre volátil. Consolarla sí, pero con sus brazos y no con su corazón. Amarla sí, pero no como siempre. Era ahora un amor asceta, un trueno de enredo. El amor apenas cálido de su confianza. El aire frío se asía a su garganta, seca y estéril. Las gotas cayendo en sus brazos, se unían al silencio, rompiendo fragosas el cristal pálido.

Por fin ahí frente a él, denuda sin mentiras. Entregada a sus brazos sin poder tocarla. Atado por la fuerza inconmensurable de lo callado y lo tácito. Ahogado en el estrépito de sentimientos, en la calma desordenada de su impotencia feroz.

Enternecido por las astillas de hielo que crujían en la atmósfera densa de miedo y desesperanza, moría con ella. Silente. Extraño.

Luis Briceño