La vio sosegada, por fin real. Aquél cristal pálido por fin se había hecho pedazos. Se había hecho trizas como roto en su pecho ardía su corazón. La vio ahora humana y terrena. Vio sedimentado el aroma estéreo y la presencia intangible, tan siempre volátil. Consolarla sí, pero con sus brazos y no con su corazón. Amarla sí, pero no como siempre. Era ahora un amor asceta, un trueno de enredo. El amor apenas cálido de su confianza. El aire frío se asía a su garganta, seca y estéril. Las gotas cayendo en sus brazos, se unían al silencio, rompiendo fragosas el cristal pálido.
Por fin ahí frente a él, denuda sin mentiras. Entregada a sus brazos sin poder tocarla. Atado por la fuerza inconmensurable de lo callado y lo tácito. Ahogado en el estrépito de sentimientos, en la calma desordenada de su impotencia feroz.
Enternecido por las astillas de hielo que crujían en la atmósfera densa de miedo y desesperanza, moría con ella. Silente. Extraño.
Luis Briceño