13 abr 2008

Sueños de infancia


La luz de la habitación, cansada como un corazón que ha esperado ansioso mientras ve pasar el tiempo ante sus ojos, iluminaba apenas aquella escena. El pulso trémulo de sus labios ciegos recorría despacio, con la suavidad esa que creía posible solamente en los sueños febriles de su infancia, aquel cuerpo húmedo de desnudez y ternura. Su manos se deslizaban por la piel de su enemiga como se paseaban, en otro tiempo, por las cuerdas tersas de aquella guitarra, como queriendo sacar de su alma las melodías más perfectas. Afuera el mundo se cae a pedazos, los vientos de la muerte azotan furiosos el techo que tienen encima y sin embargo, tras las puertas, no del cuarto sino de sus pechos, refugiados de la angustia esa que los atacará con toda su ira al acabar, la atmósfera se ve invadida por una tranquilidad casi increíble. El silencio es ahora la canción que musita el aire sólo alterado por su respirar inquieto. ¿Qué importan la lámpara, la cama o la imitación malograda de Gustav Klimt en la pared? Ahora, en esta conjunción de tiempo y espacio solo existen este par de muertos que se niegan a serlo, esta copla de ansias, de sueños, de ritmos y frases ligadas con la línea sutil, casi inexistente del fuego apenas visible de la complicidad tácita pero inequívoca. Es un asesinato. Como el crepúsculo aquel frente al mar en llamas, como las horas perdidas entre los sueños febriles de su infancia.

Luis Briceño