24 jun 2008

“No me sirve/Tan sabia tanta rabia”. Mario Benedetti.

“No me sirve

Tan sabia tanta rabia”. Mario Benedetti.

«Hoy no me gustas callada, porque hoy no te quiero distante. Hoy quiero romper en miles de pedazos los silencios que te envuelven, rasgar con mis manos esa tela oscura que cae siempre al final. Hoy te quiero firme, sin dudas, resuelta. Hoy te quiero con todo el egoísmo que pueda caber en un pecho. Y quiero que me respondás, amor, que me acorralan las dudas en esta noche enorme. Quiero que encontrés en mis ojos los tuyos y respondás.»

-¿Cuánto pesa un destino? ¿Cuánto pesan, amor, el odio y los sueños? ¿Cuándo caduca el coraje? ¿Hasta dónde llegan, exhaustas, la rabia y la amargura? ¿Qué es morir con los puños crispados, aferrados a los barrotes invisibles de la soledad de vos? ¿Por qué los fantasmas y por qué las lágrimas? ¿Por qué el invierno? ¿Por qué saber sólo para añorar la ignorancia? ¿Por qué no es tan simple como tus manos desnudas? ¿Dónde duermen los demonios sin que la tentación los despierte? ¿Por dónde se cuela el viento helado del fracaso para entrar en nuestro lecho? ¿Cómo y cuándo Dios ha muerto? ¿Cómo y cuándo se hizo de noche en el infinito abismo de tus ojos?

-No lo sé, amor, no lo sé.

Luis Briceño

El miedo.


Lo quieto. Lo que de agónico y macabro tienen las alas de una mariposa. Lo desconocido que se posa quieto sobre las pupilas azules, húmedas, de unos ojos cerrados. El silencio intangible que precede a las notas que se desmoronan en una cadencia de muerte. Lo absurdo del tiempo, de los relojes, de los minutos pesados, de los segundos que revolotean en el aire viscoso de la noche. La verdad, necia, pálida, del último argumento.

Lo que de hermoso hay entre la caída de una gota y otra en un aguacero de octubre, lo que de triste tienen la silampa y los techos.

Luis Briceño

Yo soy el diablo.

Es suave, tierno, cálido como una lágrima de ira muerta. Es azul y límpido este espectáculo tan sutil, esta danza tan ligera de tiempo, tan liviana de olvido. Es silenciosa la risa, la mueca tiesa que se dibuja en el rostro, es quieta la respiración. Es fino y delgado el hilo que sostiene los muertos que penden del cielo. Muertos, cientos de ellos. Colgados del techo de la cúpula, amenazando con lanzarse al precipicio, mirando con ojos perdidos hacia el suelo. Hay más silencio, más muecas. El cielo comienza a oscurecerse. Los gritos empiezan a ahogarse en las gargantas de los muertos. Y se precipitan pesados los lamentos hasta la tierra. Y se abrazan al deseo los desesperados sueños de tantos vivos. Se abre la herida. Se estremece el centro de los cuerpos como al inicio de La Quinta. Se enredan los hilos. Se rompen. Y caen. Es majestuosa lluvia. El aire se perturba con los acordes irresolutos de una sinfonía dulce y violenta. Llueven los vientos, de metal y madera. Llueven los hilos, tiemblan. Se admiran los vivos abrazados a su deseo. Se retuercen sus labios con las muecas, las contorsiones, las expresiones abigarradas de sonrisas mortuorias, de alegría bestial.
Y yo estoy al frente, entre los vivos y los muertos. Y mis manos orquestan el viento, los muertos, los hilos. Y la ira muerta en mi dominio eterno. Yo soy el diablo.
Luis Briceño.