24 jun 2008

Yo soy el diablo.

Es suave, tierno, cálido como una lágrima de ira muerta. Es azul y límpido este espectáculo tan sutil, esta danza tan ligera de tiempo, tan liviana de olvido. Es silenciosa la risa, la mueca tiesa que se dibuja en el rostro, es quieta la respiración. Es fino y delgado el hilo que sostiene los muertos que penden del cielo. Muertos, cientos de ellos. Colgados del techo de la cúpula, amenazando con lanzarse al precipicio, mirando con ojos perdidos hacia el suelo. Hay más silencio, más muecas. El cielo comienza a oscurecerse. Los gritos empiezan a ahogarse en las gargantas de los muertos. Y se precipitan pesados los lamentos hasta la tierra. Y se abrazan al deseo los desesperados sueños de tantos vivos. Se abre la herida. Se estremece el centro de los cuerpos como al inicio de La Quinta. Se enredan los hilos. Se rompen. Y caen. Es majestuosa lluvia. El aire se perturba con los acordes irresolutos de una sinfonía dulce y violenta. Llueven los vientos, de metal y madera. Llueven los hilos, tiemblan. Se admiran los vivos abrazados a su deseo. Se retuercen sus labios con las muecas, las contorsiones, las expresiones abigarradas de sonrisas mortuorias, de alegría bestial.
Y yo estoy al frente, entre los vivos y los muertos. Y mis manos orquestan el viento, los muertos, los hilos. Y la ira muerta en mi dominio eterno. Yo soy el diablo.
Luis Briceño.

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