No por los días ya muertos, ni por las sonrisas olvidadas, o los labios fríos. No por haber sido otra vez una pluma en medio de un ciclón, ni haber visto ayer, otra vez, esa cruz enorme. No son los recuerdos alegres que hoy no hayan el camino a sus ojos. No es eso. Es lo lejano que se ve ese sueño. Es lo pesado de las promesas hechas a sí mismo, es lo duro de las paredes esas, que imposibles se levantan cada vez. Es la fatiga de correr en círculos. Son las ansias de dejar de sobrevivir. Es la tentación de caer, esa fuerza extraña que siente caer sobre sus hombros cada noche. Son las lágrimas que sabe, se derraman por las mejillas del rostro más hermoso de todos. Son los suspiros que se escapan del pecho ese en el caben todas sus angustias, el mismo pecho que puede albergar todos sus sueños. Son las penas, no suyas –esas todavía se aguantan- , que, sabe –aunque se lo niegue con el alma- se precipitan cada mañana, cada noche, cada sábado, a sus hombros. Esos hombros que parecen cargar todo el peso del mundo. Es la ausencia de esa voz que puede responder cualquier pregunta, que podía, antes, cuando todo era llegar a casa y hacer desaparecer el mundo entero, convertir todo en risas. No son las caídas, no. Es la certeza amarga de que cada vez le es más duro levantarse. Es la amenaza de que en cualquier segundo, su espalda cederá a tantas derrotas, a tanto dolor y tanto trabajo sin alivio. Son las ganas de reinventar el mundo sólo para ella, de romper en millones de pedazos todo el dolor. todo el sufrimiento y mandarlo al carajo, y regalarle por fin una alegría. Es el hastío de otra vez verse impotente ante su angustia.
No porque hoy la quiera más que nunca, no porque hoy le haga falta, sino porque a veces, él también muere.