27 nov 2008

No por los días ya muertos...

No por los días ya muertos, ni por las sonrisas olvidadas, o los labios fríos. No por haber sido otra vez una pluma en medio de un ciclón, ni haber visto ayer, otra vez, esa cruz enorme. No son los recuerdos alegres que hoy no hayan el camino a sus ojos. No es eso. Es lo lejano que se ve ese sueño. Es lo pesado de las promesas hechas a sí mismo, es lo duro de las paredes esas, que imposibles se levantan cada vez. Es la fatiga de correr en círculos. Son las ansias de dejar de sobrevivir. Es la tentación de caer, esa fuerza extraña que siente caer sobre sus hombros cada noche. Son las lágrimas que sabe, se derraman por las mejillas del rostro más hermoso de todos. Son los suspiros que se escapan del pecho ese en el caben todas sus angustias, el mismo pecho que puede albergar todos sus sueños. Son las penas, no suyas –esas todavía se aguantan- , que, sabe –aunque se lo niegue con el alma- se precipitan cada mañana, cada noche, cada sábado, a sus hombros. Esos hombros que parecen cargar todo el peso del mundo. Es la ausencia de esa voz que puede responder cualquier pregunta, que podía, antes, cuando todo era llegar a casa y hacer desaparecer el mundo entero, convertir todo en risas. No son las caídas, no. Es la certeza amarga de que cada vez le es más duro levantarse. Es la amenaza de que en cualquier segundo, su espalda cederá a tantas derrotas, a tanto dolor y tanto trabajo sin alivio. Son las ganas de reinventar el mundo sólo para ella, de romper en millones de pedazos todo el dolor. todo el sufrimiento y mandarlo al carajo, y regalarle por fin una alegría. Es el hastío de otra vez verse impotente ante su angustia.

No porque hoy la quiera más que nunca, no porque hoy le haga falta, sino porque a veces, él también muere.

Luis Briceño.

La dama en la pared.

La pared blanca, veteada entre alquitrán y añil por la luz y las sombras que se proyectan desde la ventana, la cama destendida, la mesa con una hoja manchada de ideas, el piso rojo ocre. La habitación toda lanzaba un grito sordo a la luna ya oculta en el cielo. Cómo si de algún tiempo lejano conociera ya ese aroma, como si esos ojos hubieran penetrado ya antes en sus pupilas. Dos treinta de la mañana. El reloj en la pared hace un ruido casi insoportable, el aire del cuarto, está hoy, como todas las madrugadas de octubre, pesado, un poco angustioso quizá. Continúa contemplando la pared hasta que las sombras en ella comienzan a moverse, sutilmente, cobrando forma, ávidas de sangre. El alquitrán y el añil empiezan a conjugarse en un cuadro por mucho inverosímil pero, por mucho más, vivo. El rostro dibujado en el gélido concreto lo fusila con la mirada, lo pasma no de miedo sino de asombro y esboza una tímida sonrisa que contrasta con lo incisivo de sus ojos. Afuera el viento sacude los portones mojados y oxidados, la luna ha detenido su curso para escuchar atenta el diálogo:

-He sentido que me mirás, en las noches, cuando duermo.

-Yo he sentido que me escapo y al fin libre te beso.

-Anda, acercate más.

-No, hace demasiado frío allí.

-¿Frío aquí? Estoy sudando.

-Es albur y no sal lo que destilan tus poros.

-Es deseo de vos y nada más.

-¿Lo ves? Deseo frío y mudo.

-Es libertad.

-Es sueño y no menos.

-Es amor.

-Es un silbido lanzado contra el mar.

-Somos sólo mis huesos y yo.

-Y tus letras.

-Que son vos.

-Yo soy esto y no más.

-Anda, vení, que esta pared está muy fría.

Luis Briceño.