La pared blanca, veteada entre alquitrán y añil por la luz y las sombras que se proyectan desde la ventana, la cama destendida, la mesa con una hoja manchada de ideas, el piso rojo ocre. La habitación toda lanzaba un grito sordo a la luna ya oculta en el cielo. Cómo si de algún tiempo lejano conociera ya ese aroma, como si esos ojos hubieran penetrado ya antes en sus pupilas. Dos treinta de la mañana. El reloj en la pared hace un ruido casi insoportable, el aire del cuarto, está hoy, como todas las madrugadas de octubre, pesado, un poco angustioso quizá. Continúa contemplando la pared hasta que las sombras en ella comienzan a moverse, sutilmente, cobrando forma, ávidas de sangre. El alquitrán y el añil empiezan a conjugarse en un cuadro por mucho inverosímil pero, por mucho más, vivo. El rostro dibujado en el gélido concreto lo fusila con la mirada, lo pasma no de miedo sino de asombro y esboza una tímida sonrisa que contrasta con lo incisivo de sus ojos. Afuera el viento sacude los portones mojados y oxidados, la luna ha detenido su curso para escuchar atenta el diálogo:
-He sentido que me mirás, en las noches, cuando duermo.
-Yo he sentido que me escapo y al fin libre te beso.
-Anda, acercate más.
-No, hace demasiado frío allí.
-¿Frío aquí? Estoy sudando.
-Es albur y no sal lo que destilan tus poros.
-Es deseo de vos y nada más.
-¿Lo ves? Deseo frío y mudo.
-Es libertad.
-Es sueño y no menos.
-Es amor.
-Es un silbido lanzado contra el mar.
-Somos sólo mis huesos y yo.
-Y tus letras.
-Que son vos.
-Yo soy esto y no más.
-Anda, vení, que esta pared está muy fría.
Luis Briceño.
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