30 dic 2008

Final.

Una amenaza suspendida en el aire. Un sutil respiro sostenido entre la blusa y la espalda. El rumor quieto de las estrellas muertas hace tiempo, allá, en el cielo. Las voces que se huyen a sus gargantas. Los delicados pulsos del viento, las casi imperceptibles vibraciones. Por un momento aquél montón de dudas le pareció la ternura materializada, era ese extraño sentimiento de agonía y angustia que le provocan los atardeceres vuelto en una paz sencilla, sin alarde ni pena, sin miedo ni nostalgia. Entre las paredes claras, sólo sus ojos, y los suyos. De alguna manera, por alguna casualidad tácita, el viento que se cuela por esa ventana entreabierta trae el aroma de un sitio que creía enterrado hace tiempo, el aroma de los días de ver las gotas de lluvia cayendo de los techos en una silampa. “No hay más que esto –para sí- , lo que somos en lo que sentimos, el mundo en los recuerdos”.

Salió de la casa despacio, tomando suavemente el picaporte y halándolo, cerrando nuevamente la puerta, caminando con lentitud hacia el portón, girando tímidamente la llave del candado, sin el menor ruido. Aunque sin reparar en todo ello. La ciudad duerme luego del aguacero. Le son familiares los reflejos de las farolas en los charcos, la neblina, el color cobarde de las nubes que a las cinco y treinta no saben sin van o vienen, cuando el día no es más y la noche no despierta todavía. Camina sin rumbo por entre los caminos de asfalto mojado -“ese olor estéril al que nunca me acostumbraré”. No es que la tarde fuese hoy diferente, ni que las luces se encendieran antes o los carros acordaran detenerse unos minutos, es que esa sensación de hace poco, ese olor que volvió a sus recuerdo tras el soplo del viento a través de las celosías de la casa le ha sumido en una especie de letargo, en un silencio inmaculado. Sabe que a sus espaldas queda quizá un error, quizá un triunfo, pero en definitiva, un muerto.

Sus pasos la llevan al fin al puerto. Sentada en el abatido muelle contempla silente el sueño desmedido de las olas, la ambición egoísta de la arena, los tenebrosos pájaros del luto de todos los días. Poco a poco, en su garganta, comienzan a amotinarse las angustias. Ha perdido el silencio en que se sumergiera minutos antes, y comienzan la tristeza, feroz, hambrienta de amor frío, a desatar las pequeñas muertes que se escurren por sus ojos. Todos sus días, todas sus derrotas han estado allí esperando. Han estado observando callados como aquella figura imponente los asumía con la tozudez de un Cristo. Pero hoy no hay más hierro. No hay nada más que esa mujer entera y pura frente al mar. Esa mujer sola contra todo el dolor del mundo. Un pecho comprimido, cada vez más reducido, cada vez más cerrado. Hoy las gaviotas son las emisarias de los fracasos que la vieron desde lejos todo este tiempo, vienen y gritan que los dueños de su destino son todavía las cadenas del miedo.

Todas las voces.

Todos los llantos.

Todos los muertos.

Se van alejando, callando, distantes, allá, lejos en el sueño desmedido de las olas.

Luis Briceño.

3 comentarios:

  1. Saludos y que este año le depare muchas alegrías!

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  2. Simplemente magnífico. Queda rebotando en el paladar, como debe ser, y no olvidado al instante.

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  3. casi lloro lucas, y casi me enamoro del pronombre

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