Pero si ella supiera lo que a él le dice este aguacero que parece querer despedazar el techo. Si ella supiera con qué infantil devoción se queda mirando las gotas que del alero del corredor caen como diminutos paracaidistas. Si en medio de tan fuerte invierno se encontraran los dos jugando a taparse los oídos bajo el cinc, y luego no, y luego sí, y luego no…
Manuel piensa que tal vez los sueños no sean sino oscuras salas, con el interruptor en la pared del fondo, y uno está de pie frente la puerta, quieto, mirando hacia a esa oscuridad que parece tragarlo todo. Y se queda ahí.
Sofía en cambio, ha decidido que los sueños son como la espuma que se hace en la lavadora, y que de niña se quedaba mirándola girar, como si aquello fuera la bailarina de una cajita de música, pero que al tratar de tocarla se desfiguraba, se deshacía en sus dedos.
Y los dos mirando el aguacero desde el corredor. El silencio de las tardes de invierno es en definitiva mucho más liviano que en el verano, pero siempre hay algo de amargo en tenerse al lado y no mirarse.
Estos dos saben de silencio. Y de los silencios. Que no es lo mismo callar al acostarse que negarse las palabras en la mesa, o en el corredor, cuando llueve y ella no sabe lo que para él dice la lluvia.
Desde la calle cuando llueve la casa se mira serena. Estando una vez bajo un aguacero, parado en medio de la correntada que le mojaba los pies descalzos, Manuel descubrió no sólo la increíble paz que desde afuera, cuando llueve le inspira mirar hacia el corredor, sino también que desde la lluvia, cualquier sitio donde guarecerse se mira como el lugar aquel, al que todos queremos llegar. Pero no quería entrar. Quería quedarse allí con la sola convicción de que adentro todo está mejor, quedarse allí con el agua bajándole por el pecho sin querer saber si de verdad era cierto lo que le decía Sofía que metete viejo que te vas a morir de pulmonía o algo, y continuar mirando desde fuera del corredor lo tranquilo que se pinta estar guarecido cuando llueve.
Pero un día Sofía sencillamente no podrá más. Se levantará de la mecedora como yendo hacia el portón, se detendrá –todavía quizá vacile un momento- y se volverá hacia él. Clavará en esa mirada absorta sus ojos húmedos y ansiosos –todavía quizá le tiemble la voz y los labios se le crispen un instante- retorciéndose las manos. Se parará justo enfrente de Manuel, interrumpiendo esta línea que se hila entre el aguacero y su memoria cada tarde de este temporal de la puta que lo parió, por qué carajo no deja de llover, por qué no me mirás, por qué no me hablás, y por qué te quiero tanto desgraciado, veme por un dios que estoy aquí enfrente tuyo y mis lágrimas son más que este aguacero.
A Manuel le bastaron las últimas siete palabras que salieron de Sofía. Era todo lo que necesitaba. Que lo sabía sí, pero como sucede a menudo nada es cierto hasta que la boca de quien te ama lo nombra. Se levantó de la mecedora y salió del corredor hacia la lluvia, y caminó.
Luis Briceño.